Azurmendi. Otra vez. Siempre.

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Si la felicidad fuera restaurante, sería Azurmendi. Es difícil explicar la sensación que el comensal tiene cuando come en esa casa. Larrabetzu me recibe con una lluvia fina. Cae la tarde y el jersey no me sobra. Alguien me franquea la entrada a este tetraedro mágico. Me ofrecen una copa de txakolí que acepto encantado y me acomodo en uno de los taburetes junto a una mesa alta. Miro a mi alrededor. El jardín interior, que hace las veces de hall, es enorme. Parejas de comensales bisbisean ante una cesta de mimbre. Es el pícnic de bienvenida. Llega al instante el mío. Una cocinera me explica su contenido pero mi estado de placidez, felizmente narcotizado por el lugar, impide que escuche nada. Un bocado mórbido (brioche de anguila), otro crujiente (galleta vegetal) y uno líquido (bombón de ponche al txakolí) despiertan mis glándulas salivares. El viaje comienza.

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Me invitan amablemente visitar la cocina. Mi madre dice que la cocina es el corazón de una casa. En Azurmendi, el corazón late pausado; una suerte de serena actividad recorre el lugar. Me ofrecen un bocado dorado. Lo muerdo. Foie gras, avellana, chocolate. Delicioso. Bebo una infusión ácida y ligeramente dulce que me limpia el paladar. Era hibiscus. El corazón de Azurmendi me despide al unísono: “Agur!”

Baja el telón y se abre otro escenario: el invernadero. A él me acompaña una cocinera joven, muy joven. Habla delicadamente pero con una seguridad abrumadora, asertiva. Me traslada a una sala que se abre al valle. Una metáfora. La joven cocinera me habla de la recuperación de variedades vegetales ancestrales, de la colaboración con productores locales. Mientras tanto voy comiendo, obediente, delicados bocados (galleta de hierbas y queso, algodón de espárragos, hoja de setas). Pero antes, me ofrece un caldo suave y traslúcido y siento un pellizco en el alma: morokil. Su sabor me traslada a la infancia y me veo en la cocina (otra vez la cocina) de mi abuela en Azkoitia. Un déjà vu emocionante.

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Y así, dulcemente noqueado, me siento a la mesa. La luz del final del día, ya tenue, invade la sala. La visión verdísima del valle sosiega. He acabado la copa de txakolí y, con la carta en la mano, viajo a Champagne. Este es un momento especial. Leyendo el enunciado de los platos que componen los menús, bebiendo pequeños tragos de este brebaje espumoso que me fascina, siento que el mundo se para. El amable mâitre me dice que Eneko (sí, Eneko Atxa, el cocinero, verdadero artífice de este milagro que se llama Azurmendi) ha preparado un menú para mí. ¿Para mí? Ahora ya levito. Trato de decirle que sí, que claro, que cómo no, pero me atropello. Me siento un niño que sube por vez primera a una montaña rusa. El mâitre sonríe.

Me traen una aceituna helada y un vermú de cítricos y canela, como un aperitivo dominical, servidos en una maceta rectangular llena de tierra de olivas. Me divierte el comienzo de este nuevo acto. Desde ahora, los platos se suceden con un ritmo que es el mío. Y es el mío porque me lo preguntan. El comensal marca la cadencia. Una deferencia que agradezco.

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Atxa hace una cocina llena de sabor, alejada de desafíos inútiles. Hay quien quiere reflexionar cuando come. Gente que desea preguntarse qué quiere expresar el cocinero con ese sabor tan amargo, tan ácido o con la insipidez de un plato. Yo no quiero eso. Atxa ejecuta la cocina que me hace feliz; una cocina suculenta, sabrosa, pero elegantísima. Sus platos son herederos de la cocina ancestral de Euskal Herria vestida de una contemporaneidad radiante. Intuyo la tremenda complejidad creativa de cada una de sus composiciones porque noto numerosos matices en la boca. Mi conocimiento llega hasta donde llega, pero se percibe que, desde la búsqueda de la suculencia, de la delicia, el cocinero construye reflexivamente sus composiciones. Al menos eso es lo que me parece. La técnica al servicio de la felicidad. El sabor como objetivo final.

Llegan la yema trufada, una cucharada de felicidad; la ostra, que Atxa viste con un delicioso tartar y manzana; los tomates, delicadísimos, acompañados de anchoas en salazón, granizado y agua de tomate (sublime en su sencillez); las setas al ajillo con huevos (la cocina tradicional magníficamente revisitada)

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Le digo al mâitre que pare un instante. Me hace caso. Quiero que no se me olvide esta sensación de plenitud. Bebo más champagne. Estoy relajado pero expectante. Continúo. ¡Y vaya continuación! El bogavante. La cola del bicho pelada descansa sobre una semiglasa profunda y potente de crustáceo. No quiero que se acabe. Bestial. Más: la castañuela glaseada con esferas de idiázabal (toma, sabor). Y el cochinillo, pensamientos y albahaca. Fuegos artificiales. Chispeante. Un plato con innumerables matices: vegetales, grasos, picantes, cremosos. KO de placer.

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Seguimos: callos de bacalao, hierbas y patatas suflé. Plato racial resuelto con delicada maestría. Merluza frita con infusión de pimientos a la brasa y perejil. El crujiente exterior encierra la delicadeza de las carnes del pescado; unos botones de crema de perejil y un brillante fondo de pimientos completan un plato que despierta la memoria gustativa.

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Aquí está el pichón. La pechuga, colosal, sonrosada, turgente, se posa sobre una clásica duxelle de chalotas y setas. Junto al ave, un crujiente con una royale de foie gras y los interiores del bicho y un consomé profundo de pichón. Estoy rendido.

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Deseo que esto no pare nunca. Vienen los postres. El primero es un refresco; Sandía, cilantro y lima. Crujiente granizado, cremoso helado, fruta a raudales, especiado. Alguien ha llamado a esto pre postres; eso resta categoría a composiciones que renuevan el estómago y lo predisponen para el ataque final. Y aquí llega el asalto: melocotón y lavanda. Un postre delicadamente frutal, en el que la aromática hace una contenida aportación. Creo que hay algo de queso en forma de tetraedros de tarta, pero mi estado eufórico confunde mis sentidos. Bendita confusión que me nubla la mente; tras el primer bocado al último de los postre, chocolate, cacahuete y regaliz, me abalanzo sobre él. Un perfecto juego de texturas y temperaturas en el que la profundidad de los sabores hace que me pierda.

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Con los petit fours, y tras tres horas de descargas de felicidad y emoción, me gustaría que mi silla se convirtiera en sofá y solazarme, exhausto, en el recuerdo del inmenso placer vivido. Pero acude a mi rescate el mâitre quien me ofrece un reconfortante café que casi me traslada a una realidad a la que no quiero volver.

Definitivamente Eneko Atxa cocina como los ángeles. Hace platos que me hacen feliz: suculentos, sabrosos, elegantes y equilibrados. Sentarse a las mesas de este mágico edificio de cristal es un perfecto ejercicio de hedonismo gastronómico. Si quieren disfrutar de lo lindo y ser mimados como niños, acudan raudos a Azurmendi. Vivirán una experiencia gastronómica total. Y serán felices; se lo aseguro.

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AZURMENDI, delicada suculencia

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Sentado a la mesa de Azurmendi de Eneko Atxa, contemplando, desde la atalaya del restaurante, el verdísimo paisaje que inunda la sala, siento una emoción única. La experiencia que propone Atxa traspasa lo estrictamente culinario. El chef acaricia mi paladar y, desde una cocina plena de sabor, me roba el corazón con cada plato.

 

La didáctica visita a los parterres con hortalizas autóctonas, el divertido recorrido por el invernadero y la estancia en la cocina, verdadero motor de la nave Azurmendi, preparan al comensal para lo que le espera en la sala: el menú Adarrak (ramas en euskera), compendio de la enorme sabiduría culinaria de Eneko Atxa.

 

Adarrak es Cocina con mayúsculas; es rigor técnico; es sabor; y es, sobre todo, emoción. La evolución de Atxa en los últimos tres años es tremenda. Sus platos, que parecen todos vestidos de frac (tal es la elegancia en la composición), cobran todo el protagonismo en la boca. Lejos de estridencias, Atxa, reivindica una cocina delicadamente suculenta. Propuestas cuya apariencia sutil esconden una deliciosa potencia, un sabor inusitado.

A este respecto mención especial merece el “centollo al natural, emulsión e infusión” (tremendo), la “ostra, tartar y gelée” (secuencia de dos servicios en la que la ostra descansa sobre un racial tartar de cebolla, manzana y oliva negra y se acompaña por algas en tempura) o el “tomate y anguila” al que acompaña un sorbete de tomate y pimiento (solo por este plato ya vale la pena desplazarse a Larrabetzu).

 

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La cocina de Eneko tiene un sello propio inconfundible; una suerte de “Atxa label” que la hace genuinamente distinta. La mencionada suculencia, rasgo que inunda todas sus composiciones, es el elemento transversal de Adarrak. Y a ello hay que añadir la querencia del chef por las composiciones binómicas, bocados dobles que subrayan lo percibido; una deliberada simetría estética y sápida.

Porque de verdad suculento es el “trigo guisado con emulsión de leche de caserío y crujientes de rabo”; un plato delicioso en el que, para alegría de quien se lo zampa, hay dos cubos crocantes de guiso de rabo. O la doble composición de la “alcachofa y pesto” (en dos riquísimas esferas), un juego de matices cremosos y crujientes. O la ventresca de bonito asada al sarmiento, huevos fritos crujientes (dos, ¡cómo no!) y marmitako líquido (una copa que es la esencia misma del guiso tradicional de los arrantzales).

 

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Tal es la pasión de Atxa por el gusto que reivindica el foie gras, producto denostado por su universalización, que el cocinero ofrece como plato principal de carne. Un platazo del hígado graso del pato frito envuelto por polvo de pieles de bonito (el anterior plato de la ventresca salpica tangencialmente a este de foie gras) acompañado de cebolleta, cereza y un bombón de daiquiri de la fruta.

 

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Aunque ya estaba en el menú de Azurmendi el año pasado, mi reencuentro con el bogavante asado sobre aceite de hierbas y meloso de cebollino fue otro flechazo al corazón (¡Y a la boca, que de eso se trata!). Un plato golosísimo, perfecto.

 

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Y no quisiera dejar de mencionar un plato que me tocó el alma y me llevó a mi niñez: la merluza frita, infusión de pimiento a la brasa y perejil. Una composición en la que una pieza del pescado cubierta por una finísima capa crujiente salpicada por botones de ajo y perejil descansa sobre una intensa y límpida infusión de pimiento rojo. Espectacular en su aparente sencillez. Mi madre hacía acompañar la merluza rebozada con tiras de pimiento rojo; de ahí que este plato pellizcara mi nostalgia. Me hago mayor…

 

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Adarrak, en su parte dulce, propone tres platos que en realidad componen una secuencia desde el destello chispeante de la acidez hasta la intensa profundidad de lo torrefacto. Abre la “naranja, fresa y jengibre”: matizado dulzor ácido de la fresa y el cítrico aderezado por un picante granizado de jengibre. Brillante. Sigue el “queso, frutos rojos y menta”, preciosa composición (muy Gagnaire) de pequeños cubos de tarta de queso, botones de frambuesa y menta y helado de frutos rojos. Delicioso. Y cierra Atxa esta secuencia dulce con leche de oveja y olivas negras. El mejor postre que he tomado este año sin duda y uno de los mejores de mi vida. Helado de leche de oveja, genache de chocolate, gelatina de cacao, hojas de cacao amargo y polvo de olivas negras. Profundo, complejo, telúrico. Majestuoso.

 

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Atxa, con este último postre, cierra un círculo que se abrió con el primer aperitivo en la mesa: una esfera helada de aceituna con vermouth de naranja y canela. Aceituna al inicio, olivas negras al final. Todo encaja. El chef, reflexivo y analítico, no da puntada sin hilo. Adarrak es una sucesión de bocados dispuestos con un orden absolutamente estudiado, cuyos ingredientes en ocasiones saltan de plato a plato (recuerden la piel de bonito: de la ventresca al foie gras), mostrando conexiones ocultas que hacen intuitivamente inteligible todo el menú.

 

Azurmendi, no lo voy a descubrir yo, es ya un referente gastronómico mundial. Eneko Atxa ha construido un modo de cocinar con una marca propia indeleble; un modo de hacer que, desde la delicada suculencia de sus creaciones, me emociona. Una vez más, caí rendido y absolutamente feliz.

 

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MARTÍN BERASATEGUI (Lasarte), una cocina soberbia

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Aburrido de discursos gastronómicos artificiales, harto de menús en los que algunos platos son comistrajos ininteligibles (me declaro totalmente contrario a la cocina sin sabor o de texturas desagradables), cansado de ver cómo el lobby dominante encumbra a cocineros de medio pelo, me zambullo de cabeza en la cocina de Martín Berasategui para ser feliz como un niño.

 

Dos décadas comiendo o cenando con cierta regularidad en el restaurante lasartearra de Berasategui, me han convertido en adicto a su cocina. Adicto a sabores deliciosos, adicto a composiciones de apariencia barroca en las que todo encaja al milímetro, adicto a la pura elegancia gastronómica.

 

Cualquier ágape en el restaurante Martín Berasategui es sinónimo de perfección. Meticulosa perfección, si se me permite.  La acogida y el acompañamiento a la mesa, el disfrute de los platos que se suceden con un tempo calculado, la cercanía y profesionalidad del servicio,  la despedida; uno tiene la sensación de ser protagonista de una obra maestra.

 

Y este restaurante, este cocinero, es el que olvidan distinguidos críticos deslumbrados por cocinas efectistas, sumergidos en un mundo endogámico; esta es la cocina que ignoran listas que más son circos comerciales que referencias para el aficionado. ¿Razones? Imagino que Berasategui molesta cuando habla claro; porque este cocinero, además de cocinar como los ángeles, no tiene pelos en la lengua. Y eso a algunos les incomoda. Alejado de inconfesables intereses, Berasategui ha construido un universo culinario propio en el que técnica, elegancia y sabor están al servicio del placer del comensal.

 

No seré yo quien les aburra con la descripción de los platos que componen el menú de Berasategui. Y ello por dos razones: porque su explicación probablemente desvirtúe la cocina de Martín y, primordialmente, porque me siento incapaz (por falta de conocimiento y por inhabilidad literaria) de transmitir la perfección de cada bocado. Sin embargo no me resisto a mencionar el plato de pencas de acelga crujientes con zamburiñas y jugo de mar anisado, verdaderamente sublime; o el lomo de merluza asado, espinacas trufadas, meloso de centolla y espuma de txakolí (¡Qué plato de pescado!); o la chuleta de cordero lechal con suero de parmesano, buñuelo y espárrago cítrico (hubiera repetido si hubiera sido más desvergonzado). Un platazo. O la sutileza del velo de pistilos de azafrán con macarrón y helado de flores de té, delicadísimo.

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Lo dicho, si quieren disfrutar como nunca, si quieren comer como reyes, rásquense el bolsillo y peregrinen a Lasarte. Encontrarán una cocina compleja, elegante y sabia, plena de sabores deliciosos. Una cocina que trasciende a modas, que no entiende de discursos, que no sé si es vanguardia o no pero que eso me importa un bledo. Hallarán una cocina soberbia.

Martín Berasategui

Zuberoa, siempre

Zuberoa, GarbunoSentado en la terraza del caserío Garbuno, edificio de más de seis siglos de historia que alberga el restaurante Zuberoa, uno siente muy lejanos los fatuos ejercicios demostrativos de aquellos profesionales que fían su labor a artificios tecnológicos, a vacíos juegos moleculares. Tras concluir una memorable comida en la que Hilario Arbelaitz, cocinero de esta casa, nos brinda platos deliciosos, equilibrados y llenos de sensibilidad, uno piensa qué más se puede pedir cuando se va a comer.

 

Arbelaitz cocina como se hacía antaño: en silencio. Su cocina habla por él. Y más que hablar, sus platos parecen susurrarnos al oído los más maravillosos y ancestrales versos. Poesía escrita hoy pero deudora de la sempiterna tradición de Euskal Herria.

 

Al servicio del placer del comensal, Hilario reivindica el sabor como hilo conductor de toda su cocina. Nada sirve si no hay sabor o todo sirve para subrayarlo; tanto monta, monta tanto. Platos construidos desde bases clásicas que destilan elegancia y buen gusto.

 

El decidido compromiso de Arbelaitz con las raíces gastronómicas vascas y con el paisaje de Oiartzun, pueblo en el que se sitúa Zuberoa, no le impiden utilizar ingredientes lejanos en algunos de sus platos; sin embargo, incluso en esas creaciones en las que se muestran elementos exóticos, la presencia de productos o técnicas de extrema proximidad conceden una pátina local indudable. Tal es el caso de su atún marinado, ensalada de hierbas y helado de mostaza, en el que la gelatina de dashi eleva el plato.

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Eusebio Arbelaitz, jefe de restaurante y hermano del cocinero, ofrece cada día platos fuera de carta. Y en esta ocasión, nos brinda unos chipirones en su tinta. Cuando les hinco el diente, me veo a mi mismo convertido en un niño sentado en la cocina de mi abuela comiendo el mismo plato. Un déjà vu maravilloso que me deja sin palabras. La carne mórbida del cefalópodo empapada de una salsa telúrica y deliciosa, profunda como un cielo negro. Emoción.

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El clasicismo y la perfección de la cocina de Zuberoa, quedan plasmados en innumerables platos. Pero entre todos ellos, el emblema es el pichón con puré de patatas. Pata y pechuga del ave embebidas del delicioso jugo de su asado flanqueadas por un celestial puré y nabo relleno de setas. En un ataque pantagruélico, me planteo asaltar la cocina y acabar con las existencia de este maravilloso bicho. Me contengo.

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A los postres, opto por la tarta fina de manzana y helado de vainilla. Dulzor templado, crujiente y frescor especiado. Un plato ultra clásico resuelto, como todo en esta casa, con brillantez.

 

Acudir a Zuberoa es dejarse mecer plácidamente por los Arbelaitz. La cocina de Hilario acuna al comensal hasta dejarlo noqueado de placer. Sus platos, absolutamente deliciosos, no buscan grandilocuentes sorpresas sino una tranquila felicidad. Pocas, muy pocas de las grandes casas de comidas, podrían ser visitadas con frecuencia; en Zuberoa yo comería todos los días. ¡Y como un príncipe!

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Azurmendi, rozando la perfección

restaurante-azurmendi--644x362Más allá de los destellos fulgurantes que componen el menú Adarrak, Azurmendi se ha convertido en un destino imprescindible para comprender la cocina contemporánea. Lejos de vacuos ejercicios demostrativos, Eneko Atxa ejecuta platos absolutamente deliciosos, impecables técnicamente y totalmente enraizados en su entorno geográfico y cultural más próximo; cocina vasca rabiosamente actual que mira decidida al futuro con los pies bien plantados en la ancestral tradición de Euskal Herria.

Atxa, de un modo que adivino premeditado, ha construido una experiencia única en Azurmendi; una experiencia completa. Es única porque hace que el comensal sienta la pasión del cocinero por lograr una simbiosis total con lo que le rodea (tierra, gente, herencia). Una comunión entre restaurante y entorno que Atxa se afana por explicar a todo aquel que entra en Azurmendi. Los parterres, que Eneko muestra orgulloso tras el magnífico tetraedro de cristal que es Azurmendi, son sólo la excusa de la que se vale Atxa para explicar su compromiso con los productores de proximidad. La famosa Ética del Gusto de Santi Santamaría encarnada en un joven cocinero con firme voluntad. Ya sólo por eso Azurmendi es un tesoro.

Y Azurmendi se percibe como una experiencia completa cuando se afronta el menú Adarrak, que en euskera significa ramas, la expresión más actual de la cocina de Atxa. Se trata de un menú de contenida extensión con el que el comensal toma perfecta conciencia de todo lo que bulle en la mente del cocinero. La parte nuclear de Adarrak la componen una docena de platos cuya composición hace honor al vocablo; platos y no bocados. Varios elementos interaccionando para cobrar sentido único. Los bocados quedan en el menú circunscritos a la parte inicial de aperitivos; los cuales, por cierto, componen una divertida secuencia de trampantojos en el invernadero (tomate afrutado, infusión fría de flores y cítricos, galleta de semillas de calabaza, hueso de aguacate, corteza de cítrico).

Tras el travieso juego visual y gustativo del invernadero, los bocados continúan en el sobrecogedor jardín interior (pan y jamón, caipiritxa y buñuelo). Y antes de pasar a la mesa, Atxa siente la obligación de mostrar el corazón de la casa: la cocina. El silencio con el que se trabaja, sólo roto por el unísono saludo de todas las partidas, habla de empeño y seguridad. En la cocina se brinda otro aperitivo: pimiento verde y vermouth.

Ya en la mesa, el verdísimo paisaje de Larrabetzu inunda nuestra mirada; este escenario sobrecogedor parece expuesto al comensal para que comprenda la tremenda importancia que se concede en esta casa a la tierra que le rodea y a la gente que la puebla.

Adarrak nos brinda una cocina deliciosa, en ocasiones fresca, a veces suculenta, siempre resuelta con brillantez y plena de sabor.

La ostra que descansa sobre una mayonesa del molusco y que se cubre de una etérea espuma de tomate, encuentra su perfecto contrapunto en el crujiente de las algas que la acompañan; un plato evocador, yodado, en el que el sabor acerado del bicho se mitiga intencionadamente.

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Atxa versiona en su Bloody Mar el famoso combinado al que añade jugo de erizos y que escolta una lámina crujiente de pan, apio encurtido, erizo y flores. Refrescante e intenso.

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Puro verano en las tartaletas de tomate, queso y albahaca; espectacular interpretación de una ensalada caprese, que Atxa acompaña con un helado de queso Idiazábal. Juego de texturas de tomate y bombones líquidos de queso. Un plato, como todos los de Eneko, que aparenta sencillez pero esconde una complejidad técnica enorme. Cocina luminosa, estival.

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Como lo es también el fantástico bogavante asado sobre aceite de hierbas y meloso de cebollino, al que Atxa hace acompañar de un mini cornetto de tartar del crustáceo. Mojar la carne del animal en esos jugos aromáticos y untuosos se antoja casi pornográfico. Tremendo.

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Atxa mira con audacia el futuro con el corazón anclado en las raíces de la tradición; sus platos están protagonizados por producto perfectamente reconocible, de una calidad intachable, y por guiños a la cocina vasca de siempre. Su interpretación de los guisantes con jamón es delicadísima: los guisantes lágrima, bañados en un gel de jamón y cubiertos por una leche infusionada en hongo deshidratado.

Deudor de toda la sabiduría culinaria vasca, Atxa nos ofrece un plato sublime: los noodles de chipirón, chalotas, crujiente de tinta y jugo infusionado del cefalópodo. Un juego de texturas, pero sobre todo de sabores, difícilmente superable. Sólo por este plato vale la pena sentarse a las mesas de Azurmendi. Mágico.

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¿Y quieren ustedes suculencia? Pues retocen gozosos con el Royal de pato “a la naranja” y aroma de azahar. Nuevamente un plato ancestral revisitado, en el que el cocinero demuestra un dominio técnico absoluto y al que da un toque primaveral con la pulverización de agua de azahar. El gajo que acompaña al pato es un trampantojo de naranja que encierra un mórbido corazón de foie gras. Untuosidad y suculencia; una propuesta telúrica (carne, sangre, vísceras, foie gras, trufa, Périgord) equilibrada por matices cítricos. Otro pase memorable.

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Con el pichón Eneko Atxa realiza un ejercicio de perfecto academicismo culinario. La pechuga del ave, de cocción soberbia, descansa sobre una clásica duxelle de setas y chalotas; una tostadita con los interiores del bicho, una quenelle de crema de coliflor y el jugo del asado componen un plato pluscuamperfecto. Un pichón comme il faut.

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La parte dulce del menú la inician unos divertidos croissants secos de frutas que encierran una crema helada de finas hierbas. Sutiles toques de acidez, dulzor contenido y textura crujiente; bisagra perfecta de Adarrak. Sigue con un proverbial homenaje a la manzana, presentada bajo múltiples texturas y finaliza con la propuesta Huevo y Lácteos, un postre que se emparenta con el flan de huevo y calabaza que el mismo Atxa ofrecía el año pasado pero que ha crecido en complejidad gustativa. Un plato dulce pero vigoroso, melifluo pero chispeante, que nos devuelve a la infancia desde una visión absolutamente adulta.

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Añadan, a esta Fiesta Mayor que es Azurmendi, un servicio discreto, diligente y sincronizado, comandado por Jon William Herrera y Jon Eguskiza, profesionales elegantes, políglotas y de una erudición gastronómica sobresaliente.

Eneko Atxa ofrece en Azurmendi una experiencia única, completa y perfecta. Su cocina es deliciosa, respetuosa con el producto y con la herencia de la tradición; decididamente actual. Sus platos embelesan al comensal, conmoviéndolo, emocionándolo. Atxa transmite una pasión contenida que ilumina sus ojos y hace decididamente feliz a quien tiene el privilegio de sentarse a sus mesas. Sublime.

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