LASARTE, la Grande Maison

 

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En ocasiones nos apresuramos en compartir nuestras experiencias, tal es el entusiasmo que han generado. La emoción sentida, sentados a una mesa, nos impulsa arrebatadamente a transmitir las delicias disfrutadas. Terminado el último plato de un menú que nos ha encandilado, somos presa de la niebla de la desmemoria y seríamos capaces de gritar que es la mejor comida que hemos hecho en nuestra vida. Entono aquí el mea culpa, porque soy de esos desmemoriados. Sin embargo en esta ocasión, y más de cuatro meses después, el arrebato ha dejado paso al sosegado recuerdo de una cena antológica.

Lasarte, emblemático restaurante barcelonés comandado por Paolo Casagrande y Juan Carlos Ibáñez, representa todo lo que uno puede esperar de una grande maison. La profundísima reforma que se acometió no hace tanto en el local, lo convirtió en el paradigma del buen gusto y la comodidad. El comensal se solaza en una amplitud de mesa inusitada, envuelto en un marco de delicado gusto contemporáneo. Ibáñez, dirige de manera ejemplar el perfecto servicio del restaurante y en ocasiones me recuerda a Monsieur Pierre, mítico maître de L’Ambroisie de París, por su elegancia y disposición. Casagrande cocina como los ángeles. Liberado de las pasadas ataduras de quien dirige los fogones tutelado por uno de los más grandes, como es Martín Berasategui, el chef vuela ahora libre; sus platos poseen una personalidad muy propia, con destellos cítricos y chispeantes notas picantes que difícilmente hallamos en su mentor. Casagrande compone platos con numerosos ingredientes, conceptualmente algo barrocos, pero que resultan deliciosos. Los elementos interactúan en cada una de sus creaciones de manera amable y éstas denotan un meticuloso estudio previo cuyo objetivo no es otro que el placer de quien las degusta.

En el actual escenario gastronómico, en el que parece una obligación distinguirse con un discurso o con un relato (¡válgame Dios!), Casagrande ofrece placer y felicidad. Y, si me permiten, eso sí que es un discurso y no el impostado de aquellos que cocinan con la predeterminación de pesadas estructuras autoimpuestas. Una cocina, la de Lasarte, deliciosa y colorista, técnicamente impecable que cautiva por su buen gusto.

En esta grandísima casa Ibáñez les mimará y Casagrande les deleitará y serán tan felices que querrán volver cuanto antes; que esa es la sensación que queda cuando uno, satisfecho, abandona Lasarte. Vayan, coman, beban y sean felices. No se arrepentirán.

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Ravioli de burrata y tomate, carabinero, aguacate, apio y manzana.

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Pez rey con salsa yodada, cangrejo real, tomate en crudo y azafrán.

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Lubina con caldo de galeras, estofado de caracoles, sobre un puré vegetal y mahonesa de trufa y almejas.

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Pichón a la brasa, picadura citrica de alcaparras, oliva negra, salsa ahumada de zanahoria y galanga.

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Sorbete de hojas de siso y menta fresca, toques ácidos y crujiente de leche.

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QUIQUE DACOSTA, SABOR Y TERRITORIO

Restaurante Quique Dacosta (Denia)La progresiva transformación del paradigma culinario de Quique Dacosta afecta de lleno a su propuesta actual. DNA La Búsqueda, que así se llama el menú de 2017, es fundamentalmente un ejercicio de introspección identitaria. La mirada de Dacosta hace tiempo que se ha posado en su territorio más próximo, incluido el mar que lo baña, sin el que es imposible comprender lo que sucede en su cocina. El cocinero muestra orgulloso, en este antológico DNA, su enorme conocimiento del producto de proximidad al que convierte en invitado estelar. El inusitado protagonismo que cobran los salazones en el menú DNA demuestra la pasión del chef por lo más cercano. Además, Dacosta ha conseguido concentrar su mensaje eliminando bocados y sustanciando, desde el mismo inicio de DNA, platos que invitan a una degustación sosegada frente al mero divertimento.

Dacosta, que maneja un enorme dominio técnico y que disfruta componiendo platos de innegable belleza, supedita técnica, estética y territorialidad al sabor; un sabor sin el que es difícil entender hoy la cocina del chef. Dacosta, desde presupuestos culinario decididamente contemporáneos, compone platos deliciosos y llenos de matices gustativos. Los hay punzantes (la sopa de guindillas ahumadas), destellantes (el all i pebre de clótxinas), delicados (primavera de turrón de almendro) o profundos (el monumental arroz de caldo de oveja guirra; posiblemente el mejor arroz que haya probado nunca)

DNA La Búsqueda no es una sucesión de efímeros destellos; es un compendio de platos que precisan de varios bocados para encontrar su sentido último. En tal sentido Dacosta, cambiando la forma del mensaje, se hace más clásico. Clasicismo que culmina con dos fantásticos platos principales: el monte de los olivos (tremendo salmonete, su falsa espina de puerros y su sombra de aceitunas y limón negro) y el pato azulón de la Albufera (trozos de la pechuga de un ave caza, tempura de sus lenguas al kimchi, dim sum de los interiores del bicho con foie gras y el corazón a las hierbas en brocheta)

Dacosta se ha dejado empapar poco a poco por su entorno; una lluvia fina que ha calado en su manera de hacer cocina y que se percibe año tras año. La capacidad de evolucionar, que caracteriza al cocinero, le ha movido a encontrar su propia identidad a través del territorio que lo rodea. Y eso se percibe en cada una de sus creaciones.

Dirección de sala y sumillería, dirigidas con maestría por Didier Fertilati y José Antonio Navarrete respectivamente, redondean una oferta gastronómica de altísimo nivel. La elegancia y proximidad de Fertilati transmiten comodidad al comensal; la erudición y el tremendo arsenal vinícola con el que cuenta Navarrete ofrecen enormes posibilidades al más exigente de los clientes.

Dada la inquietud de Dacosta, probablemente 2018 alumbre, si no un nuevo paradigma, una notable transformación del actual. La argamasa culinaria que fundamenta la cocina del chef construye hoy platos difícilmente mejorables; sin embargo, y conocida la capacidad de Dacosta para evolucionar, no descarto volver a ser sorprendido. Mientras tanto, disfruto del recuerdo de DNA La Búsqueda, un menú con el que fui inmensamente feliz.

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Sopa de guindillas ahumadas (en la que se ocultan pequeños trozos de caballa confitada y cacahuetes)fullsizeoutput_34d2

All i pebre de clótxinas (crujiente de pimiento rojo y pequeños botones de patatas trituradas del guiso de all i pebre)fullsizeoutput_34e3

Calabaza de Benaguasil fermentada en su jugo, con cangrejo bola (acompañado del jugo de calabaza ligeramente fermentado)fullsizeoutput_3521

Tonyina de sorra reposada en Kombu de azúcar, hoja y piel limón

Hueva de mújol

Hueva de maruca (como una crema untuosa)

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Primavera de turrón de almendro (las láminas crujientes ocultan una suerte de suquet de gamba “pato” y un áspic de las cabezas del crustáceo. La gamba “pato”, tradicionalmente presente en las lonjas mediterráneas, es una especie de quisquilla menos apreciada pero que cuenta con un profundo sabor. Dacosta la rescata para la alta cocina.fullsizeoutput_350b

Rape en escabeche con fenoll marí (el hígado del rape, tratado como un foie gras de pato a la manera tradicional; los trozos de rape, levemente marinados y sometidos sutilmente al soplete, hinojo marino)fullsizeoutput_3515

Nube, berberechos y navaja ligada (la nube es en realidad una mousse de ceviche; aparecen diferentes algas: codium, musgo irlandés, mastocarpus…)fullsizeoutput_3518

Khaleesi (el kale frito con brócoli, salsa satay, emulsión de ostras y eneldo fresco)fullsizeoutput_34f6

El Monte de los Olivosfullsizeoutput_3532fullsizeoutput_3508

Pan de maízfullsizeoutput_3536

Arroz senia en caldo de oveja guirra, sus mollejas y colmenillas del Maestratfullsizeoutput_34fbfullsizeoutput_34e9

Pato azulón de la Albufera

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De la moscatel. Las hojas de viña, sus uvas y mistela (diferentes texturas de moscatel, granizados, hojas fritas, espumas, mistela)fullsizeoutput_3500

Piedra de miel de azahar, almendras y romero (la piedra es un merengue de almendra y espuma de almendra; yogur helado, cítricos)

 

L’ESCALETA, Placer sosegado

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Resulta tedioso recordar cuál es el signo distintivo que ha puesto a la cocina española en un lugar preeminente en el escenario global. La radical innovación, cuya mecha es prendida por Adriá en Cala Montjoi a comienzos de la década de los noventa, marca de forma indeleble un modo de cocinar; esa marca es la que aún hoy nos distingue internacionalmente. Muchos sucumbimos deslumbrados ante esa disrupción creativa; algunos incluso despreciaron lo anterior, tachándolo de rancio y apolillado. Ahora, el paso del tiempo, nos da la perspectiva necesaria. Aquella ruptura innovadora, que insisto aun nos distingue, se ha convertido en uno de los cimientos de nuestra cocina, pero no en el único.

 

Kiko Moya, cocinero de l’Escaleta (www.lescaleta.com), nació profesionalmente en medio de esa ola disruptiva y maneja con fluidez técnicas que son propias de la innovación culinaria; sin embargo sus platos, plenos de sabor, son obras al servicio del placer sosegado del comensal. Más allá de banales fuegos de artificio, Moya elabora una cocina seria, gustosa, en la que el producto cobra una inusitada trascendencia. Deudor del entorno en el que oficia, Moya encandila con creaciones en las que está muy presente la identidad geográfica.

 

Es común encontrar restaurantes en los que el comensal ha de circunscribirse a un menú preconcebido por el cocinero; como mucho, se concede al que paga la posibilidad de elegir entre dos propuestas cerradas. En l’Escaleta uno puede, sin embargo, elegir a la carta; es más, se puede componer un menú personalizado: dos o tres snacks, de entre la docena que puebla la carta, media ración de arroz, media de pescado, medio plato de carne y dos muestras de postre. Esta capacidad que se brinda al comensal se convierte en un divertido juego: un atractivo más de esta gran casa.

 

Moya nos recibe con unos trozos de turrón salado y una fantástica hogaza de pan que coloca en medio de la mesa para que pellizquemos a voluntad y la embadurnemos de una manteca de hierbas del Mariola, parque natural que comienza a escasos metros de l’Escaleta. Es un guiño inicial al entorno; un gesto que preside gran parte de los platos del chef. De la sierra de Mariola toma también Moya los esclatasangs (níscalos) que sirve con yemas de erizos de mar, delicioso y sutil mar i muntanya. O la crema de mostaza silvestre con hierbas, atrevida y deliciosa oda a la montaña que le rodea. El cocinero demuestra su gran bagaje académico con una ostra con mantequilla noisette, yema y limón; el molusco pasado levemente por la plancha y napado por la beurre noisette. Probablemente se trate de ostras procedentes de las bateas valencianas en las que algunos intrépidos están obteniendo excelentes piezas. Cerramos el capítulo de pequeños bocados con un mórbido pan preñado de un guiso de vaca y trufa blanca: la delicadeza de un bollo (mochi façon) relleno de un suculento amalgama de carnes de vacuno y coronado por lascas de túber magnátum (¡casi asalto la cocina para zamparme la despensa completa de semejante ambrosía!)

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Cuando uno visita las grandes mesas en Italia se da cuenta de la enorme importancia que allí se concede a los platos de pasta. En un menú en Le Calandre (Sarmeola di Rubano), por poner un ejemplo (3 estrellas Michelin), siempre se hallarán unos tagiolini, unos spahetti o unos capelli d’angelo. La pasta es uno de sus más grandes patrimonios gastronómicos y no dudan en darle la visibilidad que merece. En Valencia el arroz es un tesoro culinario y Moya es perfectamente consciente. Así, en la carta o en cualquiera de los menús de l’Escaleta, esta gramínea luce orgullosa. Pero Moya ha ido más allá y es un abanderado de la recuperación de una variedad histórica de arroz: el arroz bombón. Desde 1975 no se recogía esta variedad en la Marjal de Pego, localidad del norte de la provincia de Alicante. El chef elabora su arroz meloso de cocochas de merluza con la variedad bombón. Más allá del innegable valor que tiene cocinar un arroz que casi es una reliquia, el arroz de cocochas de Moyá es delicioso. Es un plato potente, sabroso y untuoso.

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El dentón con setas, mantequilla y trufa, impecable plato de pescado, resume la seriedad con la que se maneja Moya. Un producto soberbio, perfectamente tocado, al que las setas del entorno confieren el sello de terroir y la trufa adorna con su telúrico aroma. Sabor y placer. Comme il faut.

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La libre interpretación que el chef hace de un civet de liebre es magnífica. Sabido es que un civet es un ragú de carne ligado con la sangre del bicho; pues bien, Moya añade en este caso el cacao como hilo conductor del plato. Chocolate y caza. Me asaltan recuerdos de los guisos de mi madre. La niñez revivida. El plato es complejo: remolacha, especias, trufa. Bestial.

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En la parte dulce el cocinero vuelve a mostrar la intención de toda su propuesta, la plácida felicidad del comensal, pero esta vez con sutiles juegos visuales. El postre del brioche aparenta estar inconcluso: la yema es tocino de cielo; la harina, maltodextrina; crema de limón, como si fuera mantequilla; helado al fondo. Y todo servido en un bol de acero de repostería. Y la riquísima supermousse de chocolate, tetraedro de apariencia desmesurada pero etérea y liviana cuando llega a la boca, que descansa sobre una finísima crema de café y avellanas.

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A todo lo anterior, es decir, a una cocina seria, sosegada, placentera como pocas, hay que añadir un modélico servicio de sala. Andrés García, maître, consigue con su discreta elegancia hacer sentir cómodo al comensal. Y Alberto Redrado, uno de los dos pilares que sustentan la casa y sumiller de l’Escaleta, es el guardián de una bodega superlativa. Redrado, que asesora con la discreción propia de quien es un erudito en la materia, ha diseñado una lista de vinos excepcional. ¡Y a precios más que sensatos!

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En suma, l’Escaleta es hoy una casa excepcional. Terruño, sosiego, sabor y placer caracterizan la obra de un cocinero, Kiko Moya, que sabe bien muy bien lo que hace. Acudan a Cocentaina. Serán felices.

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ROOTS

Corrí durante años una maratón insaciable. Gagnaire en Saint-Etienne, Adriá en Rosas, Aduriz en Rentería, Redzepi en Copenague; llegué a pegar, insensato, la oreja a una caracola en Londres sentado a la mesa de Blumenthal. Exhausto, no alcancé nunca la meta. Y desanduve el camino. Había migas en el sendero que me llevaron al origen. Cuando alcancé la salida me vi sentado, feliz, a la mesa de Michel Rostang contemplando embobado las maniobras del maître preparándome un canard à la presse

La Ereta, la cocina de Dani Frías.

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Buscamos lejos lo que en ocasiones tenemos en casa. Afanados en el hallazgo de mesas por descubrir o ansiosos por disfrutar de restaurantes en otras ciudades, en otros países, olvidamos estupendas cocinas que están muy cerca. Ese pecado, confieso, lo cometo a menudo. Dispuesto a enmendar el error, decido cenar en La Ereta, restaurante de Dani Frías en Alicante.

Más allá del espectacular emplazamiento del restaurante, cuyas cristaleras parecen invitarnos a saltar sobre la ciudad, a La Ereta se viene a comer y Frías cocina de fábula. La sala, desnuda de aditamentos innecesarios, rezuma buen gusto minimal; un tetraedro de cristal y madera que parece flotar sobre el Mediterráneo.

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Frías ha madurado culinariamente. Desde 2007, año en que me senté por vez primera a las mesas de La Ereta, la cocina de esta casa ha evolucionado sensiblemente; su inicial gusto por el juego y por guiños a la infancia gustativa han dado paso a platos más sosegados siempre sabrosos, redondos. Frías practica cocina de salivación; una forma de hacer alejada de ejercicios de espiritualidad gastronómica, que quiere provocar el placer inmediato del comensal. Y lo consigue.

Defensor de la despensa de proximidad, orgulloso del producto de cercanía, Frías últimamente se deja seducir, sin embargo, por técnicas ajenas a su acervo cultural inmediato. Su tiradito de emperador, caviar de caqui, coco y boniato ejemplifica este viaje técnico.

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Pero se encuentra más cómodo el cocinero cuando luce su alma más mediterránea. El negre con alcachofas y jugo de verduras es buena prueba de ello. El pescado (negre, pez local de desasosegante apariencia) descansa sobre un jugo de verduras levemente texturizado, se acompaña de alcachofas crujientes y se baña finalmente por un caldo concentrado de tubérculos asados. Un plato excelente.

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En la parpatana, corte grasiento y antiguamente denostado, de atún en civet Frías vuelve a mirar al mar que inunda su restaurante. El pescado, suculento y lujurioso, más parece una carrillera por su textura, verdaderamente mórbida. Aquí la parpatana está tratada como un civet, técnica que redunda en la suculencia del plato; un auténtico pleonasmo culinario.

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Signo distintivo del cocinero es su gusto por el mar i muntanya. No hay menú de La Ereta en el que no se haga uso de este arriesgado recurso. Pirueta de la que sale siempre indemne Frías. En esta ocasión el chef junta gambas y morro de ternera, los hace nadar sobre un delicioso caldo del crustáceo y los salpica de espuma del jugo de la cabeza del bicho marino. Como tanta proteína probablemente causa mala conciencia a Frías, introduce en el plato elementos vegetales (cardos y guisantes). Un pase sabrosísimo; de los que pides un perol.

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Muy mediterráneo también, pero esta vez mirando al interior, es su cabrito, leche de oveja, ajo negro y migas. La piel del animal bien crocante, las carnes delicadas y suaves, humeantes; un brochazo de crema de ajo negro para aromatizar al bicho; el toque lácteo que suaviza una pieza en ocasiones muy racial. Un plato riquísimo y conceptualmente impecable.

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Para terminar, un postre delicioso: torrija de trufa, helado y avellanas. En una sopa de leche, yema y trufa nadan felices pequeños cubos de torrija jugueteando con praliné de avellana; y todo tapado por un fino toldo crujiente de la sopa. La túber melanosporum aromatiza el conjunto y confiere profundidad y complejidad gustativa. Platazo.

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La cocina de Frías, mi favorita de las de la ciudad, ha crecido en madurez, técnica y empaque. Ofrece platos que despiertan el sentido del gusto y provocan placer sin rodeos. La Ereta, restaurante injustamente tratado por las guías, es, sin duda alguna, el referente gastronómico de Alicante. Disfrútenlo.

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CONFIESO MI HARTAZGO

Estoy harto de leer endebles crónicas de restaurantes escritas por gente sin criterio ni experiencia suficientes. Estoy harto de supuestos escritores gastronómicos que no han pisado una gran casa en París y que relatan, sentando cátedra, sus apasionantes correrías patrias a la búsqueda de la verdadera ensaladilla. Estoy harto de afamados cronistas del comer que se sientan completamente ebrios a una mesa, tratando de no caerse de la silla, invitados por un patrón temeroso de contrariarles; estúpidos despojos de lo que fueron. Estoy harto del chantajismo de periodistas de la manduca y organizadores de eventos que llaman al propietario de un restaurante diciéndole que quieren cenar en sábado noche por la quinta parte del ticket medio del establecimiento; chantajistas y gorrones. Estoy harto de congresos, simposios, ponencias y discursitos; quitando tres, el resto de esos eventos tienen como única explicación el interés comercial de marcas que los usan como escaparate de sus productos. Aún espero una sesuda ponencia sobre la piltrafa que meten en la aceituna. Llegaremos a eso. Estoy harto de renombradas listas internacionales que se paren en promiscuos cenáculos donde compadrean los que votan y los votados, embriagados todos por la ambrosía de las grandes corporaciones. Más que listas, son verdaderos circos. Estoy harto de la palabra foodie. Estoy harto de cortejos itinerantes, de gañote, auspiciados por aquellos que se dicen salvaguarda de la cosa gastronómica: que se lo hagan mirar. Estoy harto de que la crítica gastronómica esté trufada de espurios e inconfesables intereses; me pregunto cómo se puede escribir una crónica gastronómica de un restaurante manteniendo una asesoría en el mismo o en otro a la vuelta de la esquina. Estoy harto de escuchar a próceres de lo gastronómico decir que las salsas francesas les aburren. ¡Ay, imprudentes mentecatos que desprecian lo que ignoran! Estoy harto de aquellos que constantemente se miran al ombligo y no tienen recato al gritar a los cuatro vientos que la cocina española es la mejor del mundo mundial; sí, esos que no han salido de su barrio. Estoy harto de la palabra vanguardia. Estoy harto de la inconsistencia, ausencia de sentido y de bagaje de quienes hoy pueblan las redes sociales con sus opiniones de parvulario gastronómico. Estoy harto de los palmeros de los grandes cocineros; gente que no tiene reparo en despellejarte en las redes cuando osas no adular a sus admirados. Como verán, estoy harto; muy harto.

AZURMENDI, delicada suculencia

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Sentado a la mesa de Azurmendi de Eneko Atxa, contemplando, desde la atalaya del restaurante, el verdísimo paisaje que inunda la sala, siento una emoción única. La experiencia que propone Atxa traspasa lo estrictamente culinario. El chef acaricia mi paladar y, desde una cocina plena de sabor, me roba el corazón con cada plato.

 

La didáctica visita a los parterres con hortalizas autóctonas, el divertido recorrido por el invernadero y la estancia en la cocina, verdadero motor de la nave Azurmendi, preparan al comensal para lo que le espera en la sala: el menú Adarrak (ramas en euskera), compendio de la enorme sabiduría culinaria de Eneko Atxa.

 

Adarrak es Cocina con mayúsculas; es rigor técnico; es sabor; y es, sobre todo, emoción. La evolución de Atxa en los últimos tres años es tremenda. Sus platos, que parecen todos vestidos de frac (tal es la elegancia en la composición), cobran todo el protagonismo en la boca. Lejos de estridencias, Atxa, reivindica una cocina delicadamente suculenta. Propuestas cuya apariencia sutil esconden una deliciosa potencia, un sabor inusitado.

A este respecto mención especial merece el “centollo al natural, emulsión e infusión” (tremendo), la “ostra, tartar y gelée” (secuencia de dos servicios en la que la ostra descansa sobre un racial tartar de cebolla, manzana y oliva negra y se acompaña por algas en tempura) o el “tomate y anguila” al que acompaña un sorbete de tomate y pimiento (solo por este plato ya vale la pena desplazarse a Larrabetzu).

 

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La cocina de Eneko tiene un sello propio inconfundible; una suerte de “Atxa label” que la hace genuinamente distinta. La mencionada suculencia, rasgo que inunda todas sus composiciones, es el elemento transversal de Adarrak. Y a ello hay que añadir la querencia del chef por las composiciones binómicas, bocados dobles que subrayan lo percibido; una deliberada simetría estética y sápida.

Porque de verdad suculento es el “trigo guisado con emulsión de leche de caserío y crujientes de rabo”; un plato delicioso en el que, para alegría de quien se lo zampa, hay dos cubos crocantes de guiso de rabo. O la doble composición de la “alcachofa y pesto” (en dos riquísimas esferas), un juego de matices cremosos y crujientes. O la ventresca de bonito asada al sarmiento, huevos fritos crujientes (dos, ¡cómo no!) y marmitako líquido (una copa que es la esencia misma del guiso tradicional de los arrantzales).

 

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Tal es la pasión de Atxa por el gusto que reivindica el foie gras, producto denostado por su universalización, que el cocinero ofrece como plato principal de carne. Un platazo del hígado graso del pato frito envuelto por polvo de pieles de bonito (el anterior plato de la ventresca salpica tangencialmente a este de foie gras) acompañado de cebolleta, cereza y un bombón de daiquiri de la fruta.

 

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Aunque ya estaba en el menú de Azurmendi el año pasado, mi reencuentro con el bogavante asado sobre aceite de hierbas y meloso de cebollino fue otro flechazo al corazón (¡Y a la boca, que de eso se trata!). Un plato golosísimo, perfecto.

 

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Y no quisiera dejar de mencionar un plato que me tocó el alma y me llevó a mi niñez: la merluza frita, infusión de pimiento a la brasa y perejil. Una composición en la que una pieza del pescado cubierta por una finísima capa crujiente salpicada por botones de ajo y perejil descansa sobre una intensa y límpida infusión de pimiento rojo. Espectacular en su aparente sencillez. Mi madre hacía acompañar la merluza rebozada con tiras de pimiento rojo; de ahí que este plato pellizcara mi nostalgia. Me hago mayor…

 

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Adarrak, en su parte dulce, propone tres platos que en realidad componen una secuencia desde el destello chispeante de la acidez hasta la intensa profundidad de lo torrefacto. Abre la “naranja, fresa y jengibre”: matizado dulzor ácido de la fresa y el cítrico aderezado por un picante granizado de jengibre. Brillante. Sigue el “queso, frutos rojos y menta”, preciosa composición (muy Gagnaire) de pequeños cubos de tarta de queso, botones de frambuesa y menta y helado de frutos rojos. Delicioso. Y cierra Atxa esta secuencia dulce con leche de oveja y olivas negras. El mejor postre que he tomado este año sin duda y uno de los mejores de mi vida. Helado de leche de oveja, genache de chocolate, gelatina de cacao, hojas de cacao amargo y polvo de olivas negras. Profundo, complejo, telúrico. Majestuoso.

 

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Atxa, con este último postre, cierra un círculo que se abrió con el primer aperitivo en la mesa: una esfera helada de aceituna con vermouth de naranja y canela. Aceituna al inicio, olivas negras al final. Todo encaja. El chef, reflexivo y analítico, no da puntada sin hilo. Adarrak es una sucesión de bocados dispuestos con un orden absolutamente estudiado, cuyos ingredientes en ocasiones saltan de plato a plato (recuerden la piel de bonito: de la ventresca al foie gras), mostrando conexiones ocultas que hacen intuitivamente inteligible todo el menú.

 

Azurmendi, no lo voy a descubrir yo, es ya un referente gastronómico mundial. Eneko Atxa ha construido un modo de cocinar con una marca propia indeleble; un modo de hacer que, desde la delicada suculencia de sus creaciones, me emociona. Una vez más, caí rendido y absolutamente feliz.

 

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